[Etc-br] Fwd: Mayo '68: una revolución que manifestó un nuevo feminismo [Francesca Gargallo]
eiabel lelex
eiabel.lelex at gmail.com
Fri Mar 14 02:35:57 CET 2008
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*correspondencia de prensa - boletín solidario
Agenda Radical
Edición internacional del Colectivo Militante
13 de marzo 2008
Redacción y suscripciones: **germain5 at chasque.net* <germain5 at chasque.net>
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*Mayo '68*
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*1968: Una revolución en la que se manifestó un nuevo feminismo *
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*El movimiento de mayo del 68, desatado en Francia y cuyo influjo abarca
toda la cultural occidental y hasta se proyecta en los países del Este bajo
la órbita soviética, revuelca conceptos, prácticas, cultos y modos de ser en
general, marcando, en el caso de la mujer, un sentido contestatario de su
autopercepción y su lugar en la sociedad.*
*
**Francesca Gargallo * **
*Le Monde Diplomatique, edición colombiana*
*http://www.eldiplo.info/* <http://www.eldiplo.info/>
No hay una derivación directa. No es cierto que las revueltas mundiales de
1968 inventaron la liberación femenina ni que las feministas fueron sus
mayores beneficiadas. Sin embargo, entre el movimiento de liberación de las
mujeres y el cuestionamiento de la vida cotidiana, de la idea de izquierda,
de las sexualidades, de la relación del individuo con los partidos, entre la
reivindicación de la calle y la denuncia de la familia nuclear y del Estado
patriarcal, entre el asalto a la fantasía y la afirmación de que este cuerpo
es mío, que estallaron en 1968, existe un nexo insoslayable.
Toda la década de 1960 estuvo marcada por una transformación de los
paradigmas de comprensión del mundo y una fuerte crisis de los principios de
autoridad. Los jóvenes asumieron un papel protagónico en los movimientos
pacifistas contra la guerra nuclear que se habían venido impulsando desde la
década del 50 en Japón, Gran Bretaña y Alemania, así como en las luchas por
la descolonización de África y Asia, y las críticas al burocratismo
soviético que sofocaba las reivindicaciones socialistas bajo las
imposiciones de Estados policíaco-represivos.
Hay momentos históricos en que confluyen tantas transformaciones que los
cambios de largo plazo que provocan no pueden ser vistos a posteriori sino
como equivalentes a los de una revolución de larga duración, con raíces en
tiempos previos de las transformaciones mismas, y ramas de éstas extendidas
hasta hoy. La píldora anticonceptiva, el rock, el beatnik, la liberación
sexual, la vida política expresada en las comunas urbanas y agrarias, la
reivindicación de los derechos de las homosexuales y los homosexuales, la
lucha armada en Cuba; la independencia de Argelia y la resistencia en
Vietnam contra la herencia colonialista francesa, luego recogida por Estados
Unidos; el movimiento hippy o el desencanto con la izquierda de filiación
soviética y con el pensamiento socialdemócrata cuajaron en 1968 en Francia,
Checoslovaquia, México y otros países.
Decir hoy, como lo hace una izquierda pazguata y el neoconservadurismo
liberal-católico, que 1968 fracasó porque no logró la sustitución radical
del viejo orden, ya que era insustituible en un clima de democracia, implica
una veneración por parte de los grupos de poder del sistema político de
partido, de la organización de las acciones sociales, del amordazamiento de
las protestas. Protestas que, como descubrieron las mujeres que en esos años
empezaron a reunirse en pequeños grupos de autoconciencia, se daban en todos
los ámbitos de la política, eso es: en la cama, la casa y la calle. No es
casual la ofensiva de la iglesia católica contra formas de vida que no
corresponden a las de la familia nuclear: derecho de las mujeres sobre su
cuerpo y su vida, reconocimiento de la cultura de las lesbianas y los gays,
y derecho de las niñas y niños de no sufrir mutilaciones genitales al nacer
si manifiestan cierta intersexualidad. Tampoco lo es la insistencia en un
orden económico que ha superado la crítica al consumismo llevada a cabo por
las comunas juveniles de 1968, y se manifiesta en una producción
desenfrenada con mano de obra barata de los países que otrora se liberaban y
que hoy son sometidos por los salarios de hambre del orden global, y en un
despilfarro de recursos no renovables que nos precipita hacia una muy rápida
debacle ecológica.
En 2008 las mujeres debemos trabajar; en 1968 parecía que queríamos hacerlo.
Casi casi somos responsables de que el sistema nos explote, se nos asesine
en las zonas de maquila y seamos víctimas de agresiones sexuales. Quienes
quieren sepultar el enorme proceso de apertura hacia horizontes
político-vitales, sofocados por siglos de ordenamientos estatales, la
tendencia contrarrevolucionaria que desvaloriza el accionar de un movimiento
que cuestionaba los planteamientos lineales de la ideología del progreso, y
que por ello mismo se abría a una algarabía de propuestas de liberación, hoy
se manifiestan como "recuperadores" o "rescatadores" de los valores
dominantes de un sistema que hacía fuerza sobre la separación de los mundos
público e íntimo-privado, la identificación de su civilización con la
civilización, y con la universalidad de su ideología religiosa y económica,
así como en una nueva sumisión a la idea de vida como deber, castigo y
responsabilidad impositiva. Esta tendencia contrarrevolucionaria está
presente en los regímenes neoliberales, en los socialdemócratas y en la
mayoría de los organismos supranacionales. Daniel Ortega vuelve al poder en
2007 pactando con la burguesía empresaria de su país y sobre todo con el
fundamentalismo católico que le exigió en prenda la vida de las mujeres, la
prohibición del aborto terapéutico, la impunidad de los golpeadores y
violadores, la patria potestad en la familia católica.
*La mujer, ante sí misma*
En 1968, las jóvenes universitarias, las obreras de las fábricas europeas,
las campesinas que empezaban a organizarse, reclamaban un trato de persona
no limitada por la existencia de un 'otro' que las calificaba como aptas
para los roles principales de madres y esposas, o los roles marginales de
prostituta y trabajadora. Querían ser libres de la mirada calificadora del
hombre y por ello mismo debían verse a sí mismas. El feminismo, con una
larga historia que se remontaba a las reivindicaciones de igualdad de los
anabaptistas en las revoluciones religiosas del siglo XVI, de los comuneros
en los Andes, de los jacobinos franceses, de las anarquistas y de las
sufragistas, cuajó en una reivindicación difusa de libertad de movimiento,
expresión y, en general, liberación de las costumbres y la relación entre
los sexos. Hombres y mujeres denunciaban la relación entre propiedad privada
y matrimonio, y las feministas analizaron y combatieron todas las formas de
apropiación del trabajo, la sexualidad, la capacidad reproductiva, la
libertad de pensamiento de las mujeres. Recuperaron su historia y su
presente, y se reivindicaron brujas, solas, lesbianas, libres, en colectivo,
hermanas, hijas y madres. La diferencia sexual dejó de ser la marca de la
desigualdad y se elaboró como la única posibilidad de concebir el mundo
desde una perspectiva no patriarcal, esto es, no normativa ni determinista
en favor del colectivo masculino con poder.
La liberación sexual se vivenció entonces desde un cuerpo que se desexuaba
en el trabajo y el estudio, y se resexuaba en la reflexión desde sí mismo.
Un cuerpo que pensaba la realidad toda sin recurrir a un sujeto abstracto,
para identificarse con el sujeto mujer del que era portador y reclamaba sus
derechos al placer, a la independencia, al descanso en las agotadoras
jornadas del trabajo doméstico, al juego.
Paralelamente, la incorporación masiva de la mujer al mundo del trabajo
impulsaba –desde el ámbito de la igualdad salarial y el derecho al propio
destino económico– los roles asignados de madre de familia y esposa. La
autonomía de las mujeres fue por tanto hija de la combinación de la
reflexión libre y sexuada con la acción laboral. La liberación se convirtió
en un proceso sin fin, una reflexión-acción continua de cuestionamiento de
los sistemas educativo, de salud, productivo, legal y familiar (y que sigue
en acto hoy día, aunque enfrente todo tipo de acciones
contrarrevolucionarias por parte del Estado y las iglesias instituidas, y
las y los intelectuales que les son afines en las academias y los medios
masivos de comunicación).
El control de la maternidad, ligado a la comercialización de la píldora
anticonceptiva, fue determinante en este sentido. Acompañó las campañas en
favor del divorcio, del derecho al aborto, de la igualdad de salarios y la
no discriminación por razones de sexo.
En mayo de 1968, cuando en la televisión en blanco y negro de mi casa en
Roma aparecieron unos muchachos flacos y franceses lanzando bombas molotov
contra la policía y reivindicando el derecho a lo imposible, yo tenía 11
años y medio, cursaba primero de secundaria y vivía con una familia
ilustrada y conservadora de la posguerra: padre de familia liberal y madre
de familia fascista. Nadie intentó explicarme de qué se trataba. Roma era
una ciudad conservadora de burócratas pero con una importante presencia del
Partido Comunista Italiano, el más grande de la Europa Occidental y segundo
sólo superado por el de la URSS. Ni los conservadores ni los comunistas
estaban muy contentos con las formas juveniles de lo que ellos consideraban
sólo críticas al gaulismo francés. Unos y otros decían que los estudiantes
franceses no respetaban a sus mayores, al partido, a la Iglesia, a las
buenas costumbres…
Cuando en octubre del mismo año las universidades italianas estallaron y los
estudiantes marcharon contra la presencia de estadounidenses en Vietnam,
contra los 'barones' universitarios, contra las altas colegiaturas de
ciertas carreras (medicina era especialmente costosa, recuerdo), yo estaba
en segundo de secundaria y con mis compañeras bajamos hasta la Universidad
de Roma (en ese entonces había una sola) para ver lo inconcebible: los
estudiantes se habían tomado los edificios, dialogaban en las escaleras,
hacían carteles, se besaban hombres con hombres, mujeres y hombres, mujeres
con mujeres, y todos juntos se reunían durante horas en las aulas magnas, y
por las escaleras de filosofía habían pintado a un profesor desnudo con el
pene en erección. Un particular instinto de supervivencia nos llevó, a mis
compañeras y a mí, a callar nuestras incursiones universitarias con nuestras
familias y con nuestros profesores, menos con el de arte, que era un pintor
bastante viejo que nos habló de las bondades del anarquismo, el movimiento
hippie en Estados Unidos y las revueltas estudiantiles de Berkeley en 1963,
y finalmente de que, cuando un sistema llega a la podredumbre, surgen los
sectores sociales que se encargan de desarticularlo.
Pronto la televisión nos mostraría otras escenas: las de una ciudad checa,
Praga, cuyos jóvenes enfrentaban el Estado con la misma fuerza que en París
y Roma, sólo que aquel era un Estado del socialismo de la órbita soviética.
Entonces, inexplicablemente, nuestros padres y madres empezaron a decir que
los estudiantes tenían derecho a la libertad. Y nosotras les decíamos que sí
pero no precisamente por lo que ellos querían sino porque habíamos escuchado
en la universidad que los jóvenes en Praga pedían un socialismo como un día
de primavera, un socialismo alegre y de voluntad popular, algo que
asociábamos con sus pelos largos sobre los hombros, a su andar por una
ciudad bella y gris, y, pronto, con la represión. Luego vino otra represión,
documentada por una periodista italiana a la que la policía disparó, Oriana
Fallaci, habilísima entrevistadora cuya conversión al racismo antislámico
entonces era imprevisible. Habían matado estudiantes en una plaza de una
ciudad de nombre mágico, México, que para mí en ese entonces estaba del otro
lado del mundo, de un mundo que los estudiantes unificaban.
¿Por qué cuento todo esto? Porque yo no participé del movimiento estudiantil
de 1968 por el simple motivo de que era demasiado joven, pero me formé en su
espíritu. Es decir, pertenezco a ese grupo de personas que fueron educadas
políticamente por un conjunto de rebeldías al sistema que lograron darle
nombre a la crisis de los partidos tradicionales, decretaron el fin de la
credibilidad de los mayores y, sobre todo, llevaron al descreimiento
generalizado en una naturaleza femenina subordinada a los hombres. Rossana
Rossanda, encargada de cultura del Partido Comunista Italiano a principios
de la década del 60, expulsada en 1968 y fundadora de Il Manifesto, todavía
hoy sostiene que en las revueltas estudiantiles las mujeres entendieron que
tenían una voz propia no sólo para reivindicar los derechos a la ciudadanía,
tal como lo había hecho el sufragismo liberal y socialista del siglo
anterior, sino asimismo para pensarse a sí mismas, entre sí, libres de la
mirada y la aceptación de sus compañeros, y que era hora de cambiar los
tiempos de la política.
*Sexo y cultura*
Así, frente a una izquierda que demandaba la acción conjunta de estudiantes,
obreros y campesinos para la transformación de la realidad total, y que
enarbolaba la libertad sexual como el elemento distintivo de su cultura, las
mujeres se reunieron entre sí para dialogar en pequeños grupos de
autoconciencia. Identificaron colectivamente su frustración y descubrieron
su capacidad de reclamar ya no la igualdad con el hombre sino precisamente
su diferencia con él, su derecho a no tenerlo como modelo. Reivindicando sus
capacidades diferentes y las mismas oportunidades, las mujeres desenterraron
su particularidad, su subjetividad individual y colectiva, y se negaron a
ser el polo opuesto de los hombres. En julio de 1970, Rivolta Femminile
sostenía: "Identificar a la mujer con el varón significa anular la última
posibilidad de liberación. Para la mujer liberarse no quiere decir aceptar
idéntica vida a la del varón, que es invivible, sino expresar su sentido de
la existencia" (1).
El feminismo era, entre todos los movimientos que confluyeron en 1968, el
que contaba con la historia de resistencia más antigua, a la vez que el más
incómodo para el sistema. De hecho, era el estallido de las ganas de vivir
de la mayoría de la humanidad. No se amoldaba a las formas tradicionales de
hacer política. No tenía representantes. Ni siquiera enfocaba en el ámbito
público su principal interés, ya que ubicaba la principal trampa del
patriarcado contra la vida de las mujeres en el privilegio legal-político de
los espacios públicos de la política y la producción. De manera esquemática,
su resurgimiento en ese entonces puede resumirse así: un grupo de mujeres se
encontró entre sí, se reconoció en el derecho de estar juntas, se arrogó la
facultad de analizar y transformar el lenguaje que hablaban, reclamó la
autoridad de las mujeres y definió la falocracia (o androcracia o
patriarcado) como el sistema de dominación de los hombres y del simbolismo
del falo sobre las mujeres.
Falocrático o patriarcal era el orden global que abarcaba desde la
experiencia religiosa hasta las reglas económicas, desde la dimensión
binaria del yin y el yan hasta la cliterectomía; desde la explotación de
clases hasta el racismo, el colonialismo y las hambrunas. Su poder se
sustentaba en que había logrado imponer su autoridad como la única legítima:
el hombre era el dueño de todos los instrumentos de poder y para todos
encontraba justificación. El hombre era el paradigma de la humanidad y
encarnaba el sujeto del humanismo. Pero era un paradigma que desexuaba a la
humanidad, que le impedía reconocer la existencia de sexos distintos en su
historia y de una diferente percepción sexuada del mundo real y simbólico.
Al sentirse descubierto, el sistema falocrático contraatacó con todos los
mecanismos institucionales e ideológicos a su alcance para desacreditar el
índice femenino que lo señalaba. En América Latina proclamó al "hombre
nuevo" (2). Las mujeres serían –nuevamente– sus apéndices, aunque tal vez
más igualitariamente tratadas. Así, el hombre nuevo y el hombre
pospatriarcal europeo (su émulo) empezaron a descalificar la rabia de las
mujeres hacia los hombres, pretendiendo que el patriarcado brutal que
denunciaban estaba en decadencia, e intentaron insuflar el gusanillo de una
nueva identidad en las mujeres.
**
*Notas*
1) "Manifiesto", en Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel y otros escritos
sobre liberación femenina, La Pléyade, Buenos Aires, 1975, p. 15.
2) Para resaltar que las feministas nunca creyeron en el hombre nuevo, son
reveladoras las sátiras que hicieron de él. En una pinta de las calles de La
Paz (Bolivia) podía leerse: "El hombre nuevo no sabe cocer un huevo", del
colectivo autónomo Mujeres Creando.
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